Nosotros somos nuestros enemigos por Jalil Mohammed The Giralda in Seville

Cuando quiera que critique en público algunos aspectos del islam tradicional y contemporáneo, las reacciones son aburridamente uniformes. Los líderes de organizaciones islámicas nacionales salen a la palestra con acaloradas denuncias de mis opiniones, al tiempo que particulares dentro de la comunidad me escriben para felicitarme. Algunos sí cuestionan mis motivos, advirtiendo que mis duras palabras podrían equivaler a la islamofobia imperante.
i respuesta es siempre la misma: hago lo que hago porque me percibo a mí, especialmente en mi papel como académico, como instruido por mi dios, "Oh, tú que crees, defiende la justicia, sé testigo solamente de Alá, incluso contra ti mismo o tus padres y parientes" (Corán 4:135).

uando la edición del 6 de febrero de la revista Citizen incluyó mis comentarios en su portada, la reacción fue predecible. No fue muy distinto cuando en marzo del 2004, en una conferencia en Montreal, hice unas declaraciones a efectos de que muchas mezquitas imparten la retórica antijudía y anticristiana. Yo estaba destruyendo, según declararon los líderes de algunas organizaciones musulmanas, los puentes de entendimiento que han sido construidos entre comunidades. En estas ocasiones, yo señalo sus traducciones del primer capítulo mismo del Corán, que incluyen interpelaciones al odio a cristianos y judíos. Puedo citar exégesis tras exégesis. La verdad no puede pasarse por alto.

Escribo no solamente como académico de religión, sino también en mi papel como padre, en problemas a causa de las permeables enseñanzas antijudías y antioccidentales que sé que existen en algunas mezquitas. Apenas unos cuantos veranos antes de la conferencia de Montreal, había reestablecido contacto con uno de mis hijos tras un divorció difícil. Le había visto por última vez cuando tenía cinco años, y ahora aquí estaba, con 14 años, intentando enseñar a su académico padre que también él sabía bromear como yo: "¿Cómo matas a un judío, papá? ¡Tirando un cuarto de dólar en mitad de la autopista!"

Sabía que ni su madre ni su padrastro expresan estas ideas, e indagué más. Descubrí que su maestro de una escuela privada de postín en Edmonton le había dado esta muestra de sabiduría. Es cierto que esto puede ser un incidente aislado -- pero mis interacciones con los niños en conjunto, y también con los padres, señalan una opinión musulmana común sobre el otro religioso.

Incluso hoy, en los blogs de mis camaradas guyaneses, un pueblo que siempre ha sido conocido por su "calipso" islámico plural y liberal, el debate conduce con frecuencia a la condena al otro religioso. Ciertamente, en el judaísmo, en el cristianismo y en las demás religiones, existen colectivos que ofenden de igual manera. Pero en esas religiones, al menos, no vemos ninguna defensa institucional del odio.
Mis declaraciones a Citizen acerca de lo retrógrado de mi comunidad religiosa iban encaminadas a obligar a pensar a mis correligionarios acerca de sus duras opiniones del otro. No niego ni por un minuto que como entidad colectiva, los musulmanes de Canadá se encuentren entre los ciudadanos más sofisticados, poseedores de títulos y parte de algunas de las profesiones intelectualmente más agotadoras. Eso, sin embargo, no elimina el terco analfabetismo religioso que, al igual que un cáncer maligno, amenaza con destruir al colectivo entero de lo que una vez fue, y aún sigue siendo, una gran religión.

El académico Scott Appleby, de la Universidad de Notre Dame, describe "el analfabetismo religioso" como la ausencia virtual de reflexión moral y conocimiento teológico básico entre los fieles religiosos, que puede conducir a la violencia contra supuestas amenazas. En el islam, [esta definición] es particularmente apropiada.

La prueba es prístinamente clara: por todo el mundo, los intelectuales musulmanes son castigados por atreverse a criticar. Mohammed Said al-Ashmawy, en Egipto, se encuentra bajo arresto domiciliario por su propia seguridad; Abdel Karim Soroush fue apaleado en Irán por cuestionar la voz cantante, Mahmoud Taha muere en Sudán. Los académicos Rifat Hassán, Fátima Mernissi, Abdalá an-Na'im, Mohammed Arkoun o Amina Wadud, todos son vilificados por los imanes, por instar a los musulmanes a utilizar su cerebro.

Algunos afirman que los imanes formados son como los párrocos o los rabinos. Esto es una posibilidad ciertamente -- y en Bosnia y Turquía, sé de primera mano que los imanes están formados. Pero el hecho es que la mayor parte de los imanes en Canadá carece de formación. El hecho es también que los imanes con formación basan su visión del mundo sobre construcciones medievales de la ley islámica que no son sólo obviamente retrógradas, sino también directamente amenazadoras para la seguridad nacional.

Otro punto planteado en la cobertura posterior a mi entrevista fue que un imán puede ser despedido por enseñar algo mal. Mi pregunta es, ¿cómo demonios vamos a saber cuándo se equivoca un imán? Después de todo, él es el líder, el presunto infalible, el académico que de pronto se imbuye en las enseñanzas islámicas mediante algún milagro para acabar siendo académico.

La ley islámica se desarrolló en gran medida desde el siglo VIII hasta el siglo X, un periodo durante el que la entidad política musulmana en Oriente Medio se encontraba en la cumbre de su poder. En tal situación, el musulmán era el superior a todos los demás, y la ley estaba allí para dotarle de poder. El islam había llegado para gobernar, no para hablar de coexistencia en términos de igualdad. En la mentalidad medieval, el no musulmán tenía escasos derechos, y una argumentación sediciosa podía utilizarse para reducir esos derechos aún más. Los centros musulmanes contemporáneos utilizan aún los mismos textos para funcionar en la sociedad moderna, de ahí lo retrógrado del imán medio, tenga formación o no.

¿Es éste es sofisticado colectivo que – si no hubiera sido por los esfuerzos de buenas personas como Tarek Fateh -- querían imponer la sharia en Canadá? ¿Es este el colectivo que, en Montreal, relegaba a las mujeres a rezar en los sótanos de las mezquitas? ¿Es éste el grupo que aún da lugar a seguidores que cuando les preguntas "¿Eres canadiense?", responden, "No, soy musulmán?
Y aquí se encuentra el problema de la identidad cultural. No existe un islam único. El musulmán guyanés es distinto del bosnio, que es diferente del paquistaní, que es diferente del saudí. Hablar de cultura canadiense como inherentemente anti-islámica es generar una geografía imaginaria que, en el mejor de los casos, crea falta de armonía, y en el peor amenaza con la subversión.

Los apologistas musulmanes señalan que los árabes son solamente el 20% de la comunidad musulmana mundial. Eso significa -- en el mejor de los casos -- que el cociente de personas que saben leer el Corán en su lengua original es uno de cada cinco. Incluso para aquellos que sí hablan árabe, el Corán, desde el siglo X en adelante, ha dejado de hablar por sí mismo. En su lugar, un académico musulmán citará el Corán y definirá su predicación diciendo, "Tabari explica esto así..." o "Zamajshari explicaba asá..." En ambos casos de referencia, los eruditos son medievales.

El Corán advierte duramente contra la tiranía y la opresión. El texto sagrado utiliza muchos lemas bíblicos para ilustrar su mensaje, entre ellos, el ejemplo de Moisés y el faraón. En ocasiones, los guyaneses vienen a mi cuando ven la horrible condición de mis compañeros musulmanes, y yo quiero cantar "¡Deja que mi pueblo se vaya!" Entonces echo un vistazo y me doy cuenta de que el faraón es uno de nosotros -- en la forma de líderes y de ignorancia constante que han usurpado el lugar de la razón. Digo esto no como extranjero, sino como musulmán practicante, seguro de mi opinión confrontacional a través del consejo coránico: "Alá no cambiará la condición de un pueblo hasta que ellos la cambien por sí mismos” (Corán 13:11).

En tal estado de las cosas, se diría que existe necesidad de una jihad -- no contra los que fuera, sino contra nosotros mismos.

alil Mohammed es profesor adjunto del Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de San Diego, y miembro del claustro del Centro de Estudios Islámicos y Árabes de la universidad.

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