Vivimos tiempos profundamente problemáticos, y probablemente la cosa sólo empeore en nuestro mundo cada vez más interconectado.
Pero felizmente una vez al año, cuando gran parte del mundo se reúne para celebrar el nacimiento del niño especial Jesús, podemos darnos un respiro de los problemas que nos preocupan para poner nuestra atención en los misterios de la vida en la Tierra y más allá.
El misterio nos rodea desde el momento en que llegamos a la Tierra hasta que nos vamos. Y su misterio más elemental tiene que ver con lo que sustenta este "breve atisbo de luz" -- como formulaba su oración el gran escritor Vladimir Nabokov en su autobiografía, Speak, Memory -- “entre dos eternidades de oscuridad”.
¿Es la vida simplemente un momento efímero comprimido entre la oscuridad eterna por ambos flancos??
Esta sigue siendo la pregunta más enconada que han sopesado hombres y mujeres de diversa capacidad intelectual a lo largo del tiempo, y la mayor parte, sospecho, prefirió creer que la vida es un tránsito, en palabras de William Blake, “a través de la Muerte. Y del despertar a la vida eterna".
Tal creencia descansa en la fe en que existe un poder invisible, eternamente bueno, compasivo, amoroso y bello más allá de nuestra simple vista pero visible a nuestra visión interior, como nos recuerda Blake.
Aludo a Blake, habiendo vuelto a leerle de nuevo durante los últimos meses, porque es quizá el poeta místico más apreciado en lengua inglesa.
Blake nació hace 250 años en Londres el 28 de noviembre de 1757, y murió allí el 12 de agosto de 1827.
En palabras de un reciente biógrafo, fue "un cronista competente, un excéntrico pintor" y "un devoto creyente en Cristo como representación de la imaginación humana".
Durante toda su vida a Blake le inquietó la imagen de Dios cuyo amor era encarnado en la forma humana de Jesús.
La imagen de Dios a los ojos de Blake era una Deidad personificada.
No estaba encajonada en de los arreglos ornamentales formales que se encuentran en las instituciones religiosas o las páginas sin vida de los textos sagrados.
En el largo poema Jerusalén, Blake escribe:
"No soy un dios distante, soy hermano y soy amigo;
Resido dentro de vuestro pecho y vosotros residis en mí“.
Es la mística de Blake lo que cruza fronteras culturales y divisiones religiosas para reunir a la gente en torno al terreno común de una visión compartida:
"Para ver un Mundo en un grano de arena
Y el firmamento en el pétalo de una flor,
Sostén el infinito en la palma de tu mano
Y la Eternidad en una hora“.
Para Blake lo crucial no era lo que vemos, sino cómo lo vemos. Escribía, "Un loco no ve el mismo árbol que un hombre sabio”.
La visión de Blake era una rebelión necesaria contra la árida filosofía de los racionalistas, con su visión mecánica del universo que asfixiaba la imaginación.
También era una visión formada por el desprecio a la acuciante pobreza en medio de un entorno de creciente abundancia, de una Inglaterra de fábricas y talleres recién creados. Y Blake advertía:
"Un perro muerto de hambre en la puerta de su Amo
Preconiza la ruina del Estado“.
Nuestra era ha inventado instrumentos para ver los límites externos del espacio exterior y el mapa del universo de lo infinitamente pequeño, pero la visión de Blake en nuestros tiempos se ha vuelto peligrosamente endeble.
Estas Navidades haríamos bien en compartir a Blake entre nosotros y descubrir con él la paz que procede de saber que "Todas las Deidades residen en el corazón humano"
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